La traición al humanismo en El Salvador

Por Dr. Napoleón Campos, experto en RR.II. Candidato a diputado por S.S de Nuestro Tiempo

Publicado por Exclusiva Digital, El Salvador, Centro América

ENE 31, 2021

Este rico trayecto pasó los últimos años al olvido. En los últimos meses, los representantes de la última expresión que se autodenomina “socialcristiana” decidió enlodarse con la corrupción de hoy y aceptó ser cómplice de Nayib Bukele y su esquema de gobierno basado en el deterioro constitucional e institucional del país.

La reconstrucción de Europa tras la Segunda Guerra Mundial -y el imperativo impostergable por construir sociedades pacíficas que disolvieran para siempre el nazismo, el fascismo, entre otros fanatismos de odio- permitió el apuntalamiento de las doctrinas socialcristianas y socialdemócratas. Ambas centristas y fundamentadas en los principios y valores democráticos y humanistas, y creyentes en la integración regional europea hasta nuestros días.

Ambas doctrinas se expandieron en los 50s hacia América Latina y se enraizaron entre jóvenes de las capas medias, profesionales, universitarios, quienes, en general, eran contestatarios a los regímenes militares y autoritarios de la región. Como sabemos, las expresiones insurgentes y armadas antidictatoriales fueron en su inicio variopintas, plurideológicas, hasta que se impusieron-tras cientos de fusilamientos y torturas- los comunistas y marxistas pro-soviéticos en Cuba.

En Centroamérica y en El Salvador germinó todo este conjunto de ideologías. En los 60s, el Partido Demócrata Cristiano fue un éxito político y electoral que gradualmente fue vaciado de autenticidad y desembocó en la corrupción y el desgobierno en los 80s. Ahora bien, el fraude contra Napoleón Duarte y Ernesto Claramount en 1972 y 1977 son innegables.

El Movimiento Nacional Revolucionario dirigido por el Dr. Guillermo Ungo fue aliado de aquel primer PDC del cual desertaron varios líderes para constituir las primeras expresiones socialcristianas que se fortalecieron más en el exilio que dentro del país por el desarrollo de la guerra civil: el Movimiento Popular Social Cristiano. En el exilio, fundaron el Frente Democrático Revolucionario reconocido con el FMLN como “fuerzas representativas” por la Declaración Franco-Mexicana de agosto de 1981. Los dirigentes europeos de entonces vieron con simpatía que sus homólogos centroamericanos fueran protagonistas de la búsqueda de la democracia y la paz.

Este rico trayecto pasó los últimos años al olvido. En los últimos meses, los representantes de la última expresión que se autodenomina “socialcristiana” decidió enlodarse con la corrupción de hoy y aceptó ser cómplice de Nayib Bukele y su esquema de gobierno basado en el deterioro constitucional e institucional del país. Han tratado de justificar desde la intervención militar y policial en la Asamblea Legislativa del 9 de febrero hasta su alianza electoral con el partido oficial que postulaba candidatos como el señor Walter Araujo, un patán de redes sociales e instigador de violencia política y de género contra las mujeres, quien acumula ante la sociedad delitos como padre irresponsable por no pagar cuotas alimenticias (US$ 50 mil) y por enriquecerse ilícitamente (US$ 1.5 millón).

La traición de estos dirigentes a los principios humanistas socialcristianos y socialdemócratas no tiene parangón. Están con Bukele aislados del mundo -de socios y amigos como EEUU y la Unión Europea- y son sujeto de seguras sanciones por su connivencia con un ejercicio presidencial que no respeta la Independencia de Poderes ni las sentencias judiciales. El Gobierno de Joe Biden enfoca su atención sobre estos individuos pues ya preparan -acatando la ley sancionada por Trump el 26 de septiembre de 2020- la primera lista de corruptos y violadores a la Democracia y el Estado de Derecho.

Mi invitación patriótica es a cientos de salvadoreñas y salvadoreños socialdemócratas y socialcristianos para que juntos, desde la Asamblea Legislativa, combatamos la corrupción a la vez que renovemos el Centro Humanista en el país sepultando en las urnas a los traidores y socios de quienes pretenden destruir los Acuerdos de Paz de 1992. Ciertamente, el 28 de febrero no es una simple jornada electoral.

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